sábado, febrero 10, 2007

Reflexión Nº 9 - Padres e hijos

Hoy os traigo una historia que viene en el libro de Dale Carnegie, "Como ganar amigos e influir sobre las personas", todo un clásico donde los haya y que personalmente he leído 8 veces a lo largo de los años, y que pienso seguir repitiéndolo en los próximos.

La historia es conmovedora, y a mi personalmente que tengo un hijo, me hace llorar de emoción, porque me doy cuenta que es el reflejo de lo que muchos de nosotros sentimos en nuestro interior.

El día a día nos hace comportarnos como si nuestros hijos debieran ser adultos perfectos y la intransigencia que no podemos mostrar en otros ámbitos, la expresamos en ellos, y eso es un error, porque son solo unos niños que están creciendo, aprendiendo de la vida, que necesitan experimentar, correr, disfrutar, vivir aventuras,... y sin embargo les regañamos, castigamos, chillamos y tantas cosas más. Y aunque lo hacemos con la intención de que aprendan los valores y los principios que les serán de utilidad en su edad adulta, eso no justifica que les tratemos como adultos y no como niños, ni que seamos tan duros con ellos.

Disfrutad de la historia y si sois capaces de leerla sin que se os salten las lágrimas... enhorabuena, yo no soy capaz, de hecho escribo en este momento, deteniéndome en cada párrafo para limpiármelas.




Papá Olvida



Escucha, hijo: voy a decirte esto mientras duermes, una manecita metida bajo la mejilla y los rubios rizos pegados a tu frente humedecida.

He entrado solo a tu cuarto. Hace unos minutos, mientras leía mi diario en la biblioteca, sentí una hola de remordimiento que me ahogaba. Culpable, vine junto a tu cama.

Esto es lo que pensaba, hijo: me enojé contigo.

Te regañé porque no te limpiaste los zapatos. Te grité porque dejaste caer algo al suelo.

Durante el desayuno te regañé también. Volcaste las cosas. Tragaste la comida sin cuidado.

Pusiste los codos sobre la mesa. Untaste demasiado el pan con la mantequilla. Y cuando te ibas a jugar y yo salía a tomar el tren, te volviste y me saludaste con la mano y dijiste: “¡Adiós, papaito!” y yo fruncí el entrecejo y te respondí: “¡Ten erguidos los hombros!”

Al caer la tarde todo empezó de nuevo. Al acercarme a casa te vi, de rodillas, jugando en la calle. Tenías agujeros en las medias. Te humillé ante tus amiguitos al hacerte marchar a casa delante de mí.

Las medias son caras, y si tuvieras que comprarlas tú, serías más cuidadoso. Pensar, hijo, que un padre diga eso.

¿Recuerdas, más tarde, cuando yo leía en la biblioteca y entraste tímidamente, con una mirada de perseguido? Cuando levanté la vista del diario, impaciente por la interrupción, vacilaste en la puerta.

“¿Qué quieres ahora?”, te dije bruscamente.

Nada respondiste, pero te lanzaste en tempestuosa carrera y me echaste los brazos al cuello y me besaste, y tus bracitos me apretaron con un cariño que Dios había hecho florecer en tu corazón y que ni aun el descuido ajeno puede agostar.

Y luego te fuiste a dormir, con breves pasitos ruidosos por la escalera.

Bien, hijo: poco después fue cuando se me cayó el diario de las manos y entró en mí un terrible temor. ¿Qué estaba haciendo de mí la costumbre?

La costumbre de encontrar defectos, de reprender; ésta era mi recompensa a ti por ser un niño. No era que yo no te amara; era que esperaba demasiado de ti. Y medía según la vara de mis años maduros.

Y hay tanto de bueno y de bello y de recto en tu carácter. Ese corazoncito tuyo es grande como el sol que nace entre las colinas.

Así lo demostraste con tu espontáneo impulso de correr a besarme esta noche. Nada más que eso importa esta noche, hijo. He llegado hasta tu camita en la oscuridad, y me he arrodillado, lleno de vergüenza.

Es una pobre explicación; sé que no comprenderías estas cosas si te las dijera cuando estás despierto.

Pero mañana seré un verdadero papaito. Seré tu compañero, y sufriré cuando sufras, y reiré cuando rías. Me morderé la lengua cuando esté por pronunciar palabras impacientes. No haré más que decirme, como si fuera un ritual: “No es más que un niño, un niño pequeñito”.

Temo haberte imaginado hombre.

Pero al verte ahora, hijo, acurrucado, fatigado en tu camita, veo que eres un bebé todavía. Ayer estabas en los brazos de tu madre, con la cabeza en su hombro.

He pedido demasiado, demasiado…

Autor | W. Livingston Larned.
Extraído del Libro | “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas” - Dale Carnegie

Etiquetas: , ,

4 Comentarios:

At 3/05/2007 10:16 p. m., Blogger Ivan dice...

Pelos como escarpias!!
Gracias...

 
At 4/10/2007 12:20 a. m., Blogger Antonio Domingo dice...

Si, la verdad es que esta historia conmueve.
Saludos.

 
At 1/18/2010 5:23 a. m., Blogger Cris dice...

tan simple como cierto, tengo ese libro hace muchos años, soy madre y las lágrimas nunca cayeron tan fluida y tibiamente como el día que lo leí, muchas veces somos tan padres que olvidamos serlo. En el afán de la lucha cotidiana por 'ser' olvidamos justamente obviar algunas cosas que son porque ellos están y descuidamos otras que no estarían sin ellos...la luz de nuestros ojos. Gracias por compartirlo. Un saludo desde Uruguay

 
At 10/15/2010 3:35 a. m., Anonymous Anónimo dice...

MUY BUENA RELFEXIÓN QUE INVITA A SER MEJORES PADRES, EL TIEMPO ES UN ENEMIGO LATENTE EN NUESTRO ANDAR ACTUAL.

 

Publicar un comentario

<< Home