jueves, abril 03, 2008

Frase de motivación: ¡Más que soñar!

Superar la adversidad, parar de sufrir, ascender en tu trabajo, reconciliarte con los demás, son anhelos que requieren de trabajo, esfuerzo, no basta con desearlo.
Desear que el mundo viva en paz, desear que no exista tanta injusticia, desear que la vida sea menos difícil de vivir, desear que las cosas mejoren no es suficiente. Imagínate qué fácil sería, todo lo que desearas te fuese cumplido, sin necesidad de que trabajaras por ello.
Si eso sucediese, ¿cuán valioso podría ser el objetivo alcanzado tan solo con desearlo? Nuestras vidas serían vacías, no valoraríamos las cosas porque las conseguiríamos fácilmente.
Aquellos deseos que estás dispuesto a hacer realidad son los que llenarán tu vida, aquellas cosas por las que invertirás tu tiempo y esfuerzo. Para ello es necesario que entiendas que hace falta más que desear las cosas, se trata de comprometernos con aquellos que deseamos, dedicarle nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, lo mejor de nosotros mismos.
Primero lo deseas, luego lo visualizas, en seguida analizas las posibilidades de alcanzar el objetivo, haces un plan para lograrlo y todos los días avanzas en el cumplimiento de tu plan.
Porque cuando eso pasa, el objetivo cobra sentido, se enriquece, adquiere un valor que perdurará a través del tiempo, será parte de tu misma vida.
Por eso no te conformes con anhelar, con desear, por el contrario, persigue tus deseos con decisión, con coraje, con aplomo.

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lunes, octubre 15, 2007

Reflexiones: El arbol de los problemas

Nos pasamos la vida trabajando duro, enfrentándonos a dificultades para lograr sacar nuestras profesiones adelante, y en esas horas surgen diariamente muchos problemas a los que debemos dedicarnos para solucionar, sin embargo cuando regresamos a casa, muchas veces esos problemas aun no han desaparecido y nos acompañan penetrando en la vida familiar y devorando esos momentos de paz y tranquilidad que dedicamos a nuestras familias.

Esta vieja historia me gusta porque refleja esta situación, y nos hace reflexionar sobre la necesidad que tienen nuestras familias de poder disfrutar de nuestras sonrisas, de nuestro cariño y de nuestra mejor actitud, y nosotros no tenemos derecho a robarles ni un solo minuto de esa felicidad.




El árbol de los problemas

Contraté a un carpintero para ayudarme a reparar una vieja granja y acababa de finalizar un duro primer día de trabajo después de que su cortadora eléctrica se hubiera dañado haciéndole perder una hora de trabajo y ahora su antiguo camión se negaba a arrancar.

Mientras lo llevaba a casa, se sentó en silencio. Una vez que llegamos, me invito a conocer a su familia.

Bajamos del camión y mientras nos dirigíamos a la puerta hizo algo que me llamó la atención pero que no pude comprender, se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol y tocó las puntas de las ramas con ambas manos.

Cuando se abrió la puerta de su casa, ocurrió una sorprendente transformación y su bronceada cara estaba plena de sonrisas. Abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa.

Posteriormente me acompañó hasta el carro, y cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le pregunté acerca de lo que lo había visto hacer un rato antes.

¡Ah! Ese es mi árbol de los problemas. – contestó - Se que yo no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen a la
casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos, así que simplemente los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego a casa y no pienso en ellos hasta por la mañana del día siguiente en que los recojo otra vez.

Y continuó sonriendo: Lo divertido es que cuando salgo en la mañana a recogerlos, siempre hay menos que los que colgué la noche anterior.


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domingo, agosto 12, 2007

Historias de motivacion: Regalar felicidad

Hoy voy a contaros una historia real, una situación que he vivido personalmente y que me ha hecho reflexionar mucho sobre la trascendencia de las interacciones entre los seres humanos. Espero que os guste.
Nota: Como estoy escribiendo desde la BlackBerry no puedo añadir una imagen como siempre hago. .

"Regalando Felicidad"

Ante una llamada que tuve desde el extranjero, en la que me comunicaron la intervención quirúrgica grave de un familiar, organicé por internet (donde si no?) un viaje relámpago para llegar hasta allí.
Sin dormir esa noche, hice la maleta y salí de mi casa hacia el aeropuerto donde miles de personas se agolpaban en infinitas colas para todo.

Esperé mi turno con paciencia cinco veces, para proteger mi maleta con plástico (casi 45 minutos); para demostrar que la tarjeta con que hice el pago por internet era de mi propiedad; para facturar el equipaje; para pasar el control de pasaportes y finalmente para embarcar.

Varias horas más tarde aterricé en el aeropuerto de Amsterdam donde para poder llegar a conectar con el siguiente vuelo de mi viaje hube de correr por todo el aeropuerto ya que coincidió estar precisamente en el extremo opuesto a donde habíamos llegado, es decir a cuatro kilométricos e interminables y abarrotados pasillos de distancia, y quien haya estado en dicho aeropuerto entiende lo que digo.

Por fin llegué a la puerta de embarque donde de nuevo esperé mi turno para el control de policia primero y para embarcar después, esta vez rumbo a Varsovia.

Unas horas después aterrizamos en la capital polaca, donde hube de pasar un nuevo reto. Antes de ello, una nueva situación, ya que después de haber estado esperando junto al resto del pasaje en el lugar equivocado durante al menos quince minutos la salida de nuestro equipaje (si solo encuentras dos cintas de salida de maletas piensas que son esas por donde aparecerán las tuyas), debimos ir apresuradamente a otra sala, y que orientados únicamente por nuestra intuición dedujimos que debía ser la correcta pues nadie informaba, las indicaciones en pantallas eran nulas y donde estábamos no se movía la cinta ni tan siquiera.

Pues como digo, hube de afrontar un nuevo reto al descubrir que mi maleta no había llegado con el resto y junto a otras cerca de diez personas tuvimos que rellenar un formulario para reclamarlas, y en mi caso con unas serias dudas de que la pudiera recuperar en los siguientes días ya que he vivido en carne propia este tipo de sucesos varias veces, y en una ocasión nunca se la volvió a ver y en otra apareció una semana más tarde. Sin embargo esperé mi turno, pues éramos tantos, no solo de nuestro vuelo, que a pesar de haber cuatro personas atendiendo este departamento, no eran suficientes.

Finalmente y con mi hojita rellena y sinceramente muy poca fe, salí de allí en busca de la zona de facturación para enlazar con mi tercer vuelo, en este caso doméstico rumbo a Szczecin. Para llegar a dicha zona del aeropuerto hube de salir a la calle y buscarla sin que nadie pudiera guiarme para ello pues las únicas indicaciones que me dieron en información fue que estaba saliendo al exterior y a la derecha.

Por fin lo encontré, pude facturar (sin equipaje) y de nuevo una larga y lenta fila para pasar a unos recios policías que miraban y trataban a todo el mundo como si fuéramos sospechosos peligrosos, es decir se comportaron con muy malos modos, malos gestos y formas inapropiadas con un grupo de civiles que solo deseábamos volar.

Esperé los noventa minutos que correspondían para embarcar y de nuevo a un avión, esta vez mucho más pequeño y antiguo, y por si fuera poco, con motores de propulsión a hélice. Aquí regresó un viejo fantasma con el que hube de lidiar en el pasado y que aparece en determinadas ocasiones, la claustrofobia, ya que es un avión pequeño y estrecho y eso unido al calor que hacía dentro del aparato al montarnos, pues ayuda a que la percepción de agobio sea mayor. Sin embargo, esta vez no fue larga la lucha, y como siempre, fui capaz de dominar mi mente y desapareció en unos minutos.

Unas horas más tarde aterrizamos en Szczecin donde me esperaba un taxi para llevarme al hospital, pero también aquí aparecieron dificultades, pues el taxista, mientras recorríamos el trayecto por una carretera de segundo orden, es decir, de doble sentido, y en esta ocasión con abundante tráfico y sin arcén, se puso a atender una llamada en su teléfono móvil con la mano derecha en su oreja izquierda y sujetando el volante con su mano izquierda. Todo un cúmulo de despropósitos que no pude consentir y que le obligué a abandonar con la consiguiente discusión sin idioma, ya que yo hablo mínimamente polaco y él no entendía ni español ni inglés.

Por fin llegué al hospital después de doce interminables horas, realmente agotado, sin dormir, malhumorado, con toda la ropa arrugada y llena de sudor, sabiendo que no podía cambiarme y por supuesto con el estómago totalmente desorientado.

Subí a la habitación y en apenas un solo segundo todo eso desapareció al ver la luz que irradiaba la sonrisa de mi hijo al verme llegar. Fue una explosión de felicidad compartida difícil de explicar con palabras.

Nada en el mundo hubiera pagado ese momento. Cualquier dificultad, problema, o suceso que pudieran haber sucedido hasta un instante antes de atravesar esa puerta dejaban de tener importancia ante esa sonrisa. No hay precio posible que no hubiera estado dispuesto a pagar por regalarle ese momento.

La operación, aunque grave, pues fue una peritonitis purulenta derramada (así puso el cirujano en su informe) y que estuvo oculta hasta que no se abrió, salió bien y en los próximos días dejaremos las guardias de 24 horas que hacemos al pie de su cama y le darán el alta.

Os cuento toda esta historia porque muchas veces no somos capaces de evaluar correctamente la influencia que pueden llegar a tener nuestras palabras, nuestras sonrisas o una simple llamada telefónica en las personas que nos rodean, y con tan solo pequeños gestos podríamos alegrarles el día, la semana o incluso salvarles la vida ya que desconocemos en que situación se encuentran o la necesidad que tiene de ello.

Regalemos sonrisas, sembremos de cariño las veredas que transitamos, llenemos de ilusión los días de quienes nos rodean, es gratis y nos dará una recompensa imposible de comprar, pues habremos grabado en su memoria un recuerdo imborrable lleno de gratitud, y en nuestro interior nos sentiremos pletóricos de felicidad.

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sábado, febrero 10, 2007

Reflexión Nº 9 - Padres e hijos

Hoy os traigo una historia que viene en el libro de Dale Carnegie, "Como ganar amigos e influir sobre las personas", todo un clásico donde los haya y que personalmente he leído 8 veces a lo largo de los años, y que pienso seguir repitiéndolo en los próximos.

La historia es conmovedora, y a mi personalmente que tengo un hijo, me hace llorar de emoción, porque me doy cuenta que es el reflejo de lo que muchos de nosotros sentimos en nuestro interior.

El día a día nos hace comportarnos como si nuestros hijos debieran ser adultos perfectos y la intransigencia que no podemos mostrar en otros ámbitos, la expresamos en ellos, y eso es un error, porque son solo unos niños que están creciendo, aprendiendo de la vida, que necesitan experimentar, correr, disfrutar, vivir aventuras,... y sin embargo les regañamos, castigamos, chillamos y tantas cosas más. Y aunque lo hacemos con la intención de que aprendan los valores y los principios que les serán de utilidad en su edad adulta, eso no justifica que les tratemos como adultos y no como niños, ni que seamos tan duros con ellos.

Disfrutad de la historia y si sois capaces de leerla sin que se os salten las lágrimas... enhorabuena, yo no soy capaz, de hecho escribo en este momento, deteniéndome en cada párrafo para limpiármelas.




Papá Olvida



Escucha, hijo: voy a decirte esto mientras duermes, una manecita metida bajo la mejilla y los rubios rizos pegados a tu frente humedecida.

He entrado solo a tu cuarto. Hace unos minutos, mientras leía mi diario en la biblioteca, sentí una hola de remordimiento que me ahogaba. Culpable, vine junto a tu cama.

Esto es lo que pensaba, hijo: me enojé contigo.

Te regañé porque no te limpiaste los zapatos. Te grité porque dejaste caer algo al suelo.

Durante el desayuno te regañé también. Volcaste las cosas. Tragaste la comida sin cuidado.

Pusiste los codos sobre la mesa. Untaste demasiado el pan con la mantequilla. Y cuando te ibas a jugar y yo salía a tomar el tren, te volviste y me saludaste con la mano y dijiste: “¡Adiós, papaito!” y yo fruncí el entrecejo y te respondí: “¡Ten erguidos los hombros!”

Al caer la tarde todo empezó de nuevo. Al acercarme a casa te vi, de rodillas, jugando en la calle. Tenías agujeros en las medias. Te humillé ante tus amiguitos al hacerte marchar a casa delante de mí.

Las medias son caras, y si tuvieras que comprarlas tú, serías más cuidadoso. Pensar, hijo, que un padre diga eso.

¿Recuerdas, más tarde, cuando yo leía en la biblioteca y entraste tímidamente, con una mirada de perseguido? Cuando levanté la vista del diario, impaciente por la interrupción, vacilaste en la puerta.

“¿Qué quieres ahora?”, te dije bruscamente.

Nada respondiste, pero te lanzaste en tempestuosa carrera y me echaste los brazos al cuello y me besaste, y tus bracitos me apretaron con un cariño que Dios había hecho florecer en tu corazón y que ni aun el descuido ajeno puede agostar.

Y luego te fuiste a dormir, con breves pasitos ruidosos por la escalera.

Bien, hijo: poco después fue cuando se me cayó el diario de las manos y entró en mí un terrible temor. ¿Qué estaba haciendo de mí la costumbre?

La costumbre de encontrar defectos, de reprender; ésta era mi recompensa a ti por ser un niño. No era que yo no te amara; era que esperaba demasiado de ti. Y medía según la vara de mis años maduros.

Y hay tanto de bueno y de bello y de recto en tu carácter. Ese corazoncito tuyo es grande como el sol que nace entre las colinas.

Así lo demostraste con tu espontáneo impulso de correr a besarme esta noche. Nada más que eso importa esta noche, hijo. He llegado hasta tu camita en la oscuridad, y me he arrodillado, lleno de vergüenza.

Es una pobre explicación; sé que no comprenderías estas cosas si te las dijera cuando estás despierto.

Pero mañana seré un verdadero papaito. Seré tu compañero, y sufriré cuando sufras, y reiré cuando rías. Me morderé la lengua cuando esté por pronunciar palabras impacientes. No haré más que decirme, como si fuera un ritual: “No es más que un niño, un niño pequeñito”.

Temo haberte imaginado hombre.

Pero al verte ahora, hijo, acurrucado, fatigado en tu camita, veo que eres un bebé todavía. Ayer estabas en los brazos de tu madre, con la cabeza en su hombro.

He pedido demasiado, demasiado…

Autor | W. Livingston Larned.
Extraído del Libro | “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas” - Dale Carnegie

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