domingo, agosto 12, 2007

Historias de motivacion: Regalar felicidad

Hoy voy a contaros una historia real, una situación que he vivido personalmente y que me ha hecho reflexionar mucho sobre la trascendencia de las interacciones entre los seres humanos. Espero que os guste.
Nota: Como estoy escribiendo desde la BlackBerry no puedo añadir una imagen como siempre hago. .

"Regalando Felicidad"

Ante una llamada que tuve desde el extranjero, en la que me comunicaron la intervención quirúrgica grave de un familiar, organicé por internet (donde si no?) un viaje relámpago para llegar hasta allí.
Sin dormir esa noche, hice la maleta y salí de mi casa hacia el aeropuerto donde miles de personas se agolpaban en infinitas colas para todo.

Esperé mi turno con paciencia cinco veces, para proteger mi maleta con plástico (casi 45 minutos); para demostrar que la tarjeta con que hice el pago por internet era de mi propiedad; para facturar el equipaje; para pasar el control de pasaportes y finalmente para embarcar.

Varias horas más tarde aterricé en el aeropuerto de Amsterdam donde para poder llegar a conectar con el siguiente vuelo de mi viaje hube de correr por todo el aeropuerto ya que coincidió estar precisamente en el extremo opuesto a donde habíamos llegado, es decir a cuatro kilométricos e interminables y abarrotados pasillos de distancia, y quien haya estado en dicho aeropuerto entiende lo que digo.

Por fin llegué a la puerta de embarque donde de nuevo esperé mi turno para el control de policia primero y para embarcar después, esta vez rumbo a Varsovia.

Unas horas después aterrizamos en la capital polaca, donde hube de pasar un nuevo reto. Antes de ello, una nueva situación, ya que después de haber estado esperando junto al resto del pasaje en el lugar equivocado durante al menos quince minutos la salida de nuestro equipaje (si solo encuentras dos cintas de salida de maletas piensas que son esas por donde aparecerán las tuyas), debimos ir apresuradamente a otra sala, y que orientados únicamente por nuestra intuición dedujimos que debía ser la correcta pues nadie informaba, las indicaciones en pantallas eran nulas y donde estábamos no se movía la cinta ni tan siquiera.

Pues como digo, hube de afrontar un nuevo reto al descubrir que mi maleta no había llegado con el resto y junto a otras cerca de diez personas tuvimos que rellenar un formulario para reclamarlas, y en mi caso con unas serias dudas de que la pudiera recuperar en los siguientes días ya que he vivido en carne propia este tipo de sucesos varias veces, y en una ocasión nunca se la volvió a ver y en otra apareció una semana más tarde. Sin embargo esperé mi turno, pues éramos tantos, no solo de nuestro vuelo, que a pesar de haber cuatro personas atendiendo este departamento, no eran suficientes.

Finalmente y con mi hojita rellena y sinceramente muy poca fe, salí de allí en busca de la zona de facturación para enlazar con mi tercer vuelo, en este caso doméstico rumbo a Szczecin. Para llegar a dicha zona del aeropuerto hube de salir a la calle y buscarla sin que nadie pudiera guiarme para ello pues las únicas indicaciones que me dieron en información fue que estaba saliendo al exterior y a la derecha.

Por fin lo encontré, pude facturar (sin equipaje) y de nuevo una larga y lenta fila para pasar a unos recios policías que miraban y trataban a todo el mundo como si fuéramos sospechosos peligrosos, es decir se comportaron con muy malos modos, malos gestos y formas inapropiadas con un grupo de civiles que solo deseábamos volar.

Esperé los noventa minutos que correspondían para embarcar y de nuevo a un avión, esta vez mucho más pequeño y antiguo, y por si fuera poco, con motores de propulsión a hélice. Aquí regresó un viejo fantasma con el que hube de lidiar en el pasado y que aparece en determinadas ocasiones, la claustrofobia, ya que es un avión pequeño y estrecho y eso unido al calor que hacía dentro del aparato al montarnos, pues ayuda a que la percepción de agobio sea mayor. Sin embargo, esta vez no fue larga la lucha, y como siempre, fui capaz de dominar mi mente y desapareció en unos minutos.

Unas horas más tarde aterrizamos en Szczecin donde me esperaba un taxi para llevarme al hospital, pero también aquí aparecieron dificultades, pues el taxista, mientras recorríamos el trayecto por una carretera de segundo orden, es decir, de doble sentido, y en esta ocasión con abundante tráfico y sin arcén, se puso a atender una llamada en su teléfono móvil con la mano derecha en su oreja izquierda y sujetando el volante con su mano izquierda. Todo un cúmulo de despropósitos que no pude consentir y que le obligué a abandonar con la consiguiente discusión sin idioma, ya que yo hablo mínimamente polaco y él no entendía ni español ni inglés.

Por fin llegué al hospital después de doce interminables horas, realmente agotado, sin dormir, malhumorado, con toda la ropa arrugada y llena de sudor, sabiendo que no podía cambiarme y por supuesto con el estómago totalmente desorientado.

Subí a la habitación y en apenas un solo segundo todo eso desapareció al ver la luz que irradiaba la sonrisa de mi hijo al verme llegar. Fue una explosión de felicidad compartida difícil de explicar con palabras.

Nada en el mundo hubiera pagado ese momento. Cualquier dificultad, problema, o suceso que pudieran haber sucedido hasta un instante antes de atravesar esa puerta dejaban de tener importancia ante esa sonrisa. No hay precio posible que no hubiera estado dispuesto a pagar por regalarle ese momento.

La operación, aunque grave, pues fue una peritonitis purulenta derramada (así puso el cirujano en su informe) y que estuvo oculta hasta que no se abrió, salió bien y en los próximos días dejaremos las guardias de 24 horas que hacemos al pie de su cama y le darán el alta.

Os cuento toda esta historia porque muchas veces no somos capaces de evaluar correctamente la influencia que pueden llegar a tener nuestras palabras, nuestras sonrisas o una simple llamada telefónica en las personas que nos rodean, y con tan solo pequeños gestos podríamos alegrarles el día, la semana o incluso salvarles la vida ya que desconocemos en que situación se encuentran o la necesidad que tiene de ello.

Regalemos sonrisas, sembremos de cariño las veredas que transitamos, llenemos de ilusión los días de quienes nos rodean, es gratis y nos dará una recompensa imposible de comprar, pues habremos grabado en su memoria un recuerdo imborrable lleno de gratitud, y en nuestro interior nos sentiremos pletóricos de felicidad.

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3 Comentarios:

At 8/26/2007 6:16 a. m., Blogger ESTEmiMUNDOinterior dice...

Vale --- no tomes en cosideración mi blog.

Sin embargo dejame decirte que la próxima vez que vayas a Szczecin deberías de viajar vía Berlin (con easyjet, iberia, etc) y luego coger un bus de las múltiples compañias polacas (Interglobus, etc). Lo de llegar vía Warszawa es una locura y encima Goleniów está hacer puñetas de Szczecin.... pero bueno, supongo que fue la primera vez.

P.D. ¿qué hacia tu hijo en Szczecin?

 
At 8/26/2007 9:52 p. m., Blogger The Blog's Team dice...

Hola Estemimundointerior, gracias por el consejo, es la conexión que hicieron mi mujer y mi hijo, pero yo suelo buscar el viaje en avión porque no me gusta el viajar en autobús, aunque en este caso creo que hubiera sido mejor que hacerlo por Warszawa y Goleniów, pues efectivamente está bastante lejos de Szcecin.

en Szcecin? Mi mujer es polaca y estaban de vacaciones ;-)
menudas vacaciones!!!

Por tus palabras veo que conoces esa zona de Polonia e incluso intuyo que hablas polaco, me equivoco?
Saludos

 
At 3/25/2010 5:47 p. m., Blogger eduardo dice...

bueno no se puede juzgar pero te felicito por lo que hizo por un hijo se hace lo que sea

 

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