martes, julio 31, 2007

Frase de Motivación: Mirame a los ojos e inúndame de ti

Cada día, aunque no seamos conscientes de ello, nos cruzamos con cientos de personas y saludamos a docenas de ellas, ya sea detrás de un mostrador del banco, del supermercado, de la taquilla del metro, o del kiosco de helados, y con muchas de ellas mantenemos una conversación de algún tipo sobre temas muy dispares.

Pasado el día hemos comunicado con esas docenas de personas habiendo escuchado y mantenido conversaciones sobre el tiempo, política, deportes, los precios, y muchas cosas más de igual nivel de intrascendencia. Y sin embargo apenas hablamos de lo que sentimos, de lo que nos conmueve por dentro, de lo que nos preocupa a un nivel íntimo.

Pasan los días repitiéndose como fotocopias y apenas afloran esos sentimientos, esas ideas que nuestro cerebro cocina, y si nos fijásemos, en muchas ocasiones eludimos mirar directamente a nuestro interlocutor por miedo a que por ese cruce de pupilas pueda leer lo que escondemos.





Mírame a los ojos e inúndame de ti.

Mírame a los ojos, déjame ver como te sientes, lo que anhelas, en que sueños te quedas extasiado pensando, inúndame de ti con las sensaciones que nunca cuentas, con ese titilar de agua que se asoma a la esquina de tus ojos cuando recuerdas tu primer amor, cuando escuchas la canción que tanto te conmueve, cuando lees una poesía de Becquer o Espronceda.

No te escondas dentro de tu coraza, deja que el mundo sepa que tienes mucho que ofrecer, mucho que aportar para mejorar la convivencia, para hacer que nuestros días sean mucho más intensos y maravillosos.

No nos prives del privilegio de conocerte, de hacer ese pacto de almas. La luz que nace cuando dos seres comparten su intimidad avergüenza al mismo sol, y es un patrimonio que no te pertenece y del que no tienes derecho a privarnos.

Mírame a los ojos, que quiero ser parte de ti. El silencio te protegerá de los curiosos y seremos cómplices para siempre.


Antonio Domingo

Etiquetas: , , , ,

sábado, diciembre 16, 2006

Reflexión 6: Dominar mis silencios significa dominar mi comunicación


La palabra frente al silencio, un dilema que parece sin punto de encuentro, sin embargo es la compenetración idónea para la verdadera comunicación.

El silencio es algo desconocido para el hombre común, no solo porque en la vida moderna no se le asigna ningún valor, sino porque hablar cumple con otras funciones, aparte de la obvia que es la comunicación. Se nos ha enseñado con ejemplos diarios que hay que hablar, y hablar de continuo, lo vemos a cada momento en televisión, pero no se nos explicado el valor de escuchar y trabajar nuestros silencios.

A través de la palabra nos representamos la realidad, de manera que nuestra descripción del mundo se sustenta en una estructura de imágenes y conceptos traducidos en palabras que pierden su condición de instrumentos y se transforman en un sustituto de aquello que representan.

En términos del maestro:

"Lo malo de las palabras es que siempre nos fuerzan a sentirnos iluminados, pero cuando damos la vuelta para encarar al mundo, siempre nos fallan y terminamos encarando al mundo como nos es habitual sin iluminación".


Así, siempre estamos hablando. Hablamos y hablamos sin parar, y llenamos los vacíos de nuestras interacciones con palabras que, al no haber intencionalidad, carecen de significado cuando no tenemos a nadie a nuestro lado para justificar la charla, hablamos a nosotros mismos para decirnos lo que somos, lo que sentimos y lo que queremos.

El primer paso que debe dar el aprendiz para alcanzar el silencio, es controlar esas charlas internas y externas.

En la medida que la mente tiene la facultad de conversar consigo misma y al mismo tiempo, de observar su conversación, el aprendiz debe usar esta facultad para analizar el contenido de sus conversaciones. Descubrirá que la mayor parte de ellas son la manifestación de hábitos prescindibles, entre los cuales, el más destacado, es el hábito de quejarnos. La queja, oh, la bendita queja, un instrumento que utilizamos para por un lado sentirnos afianzados, para reforzar nuestra autoestima a través de denostar a quien tenemos enfrente, además al quejarnos de continuo de lo que ocurre en el mundo, dejamos escapar las diferentes frustraciones cotidianas y la queja la utilizamos como válvula de escape de esa olla a presión que es nuestro mundo interior, y todas esas insisto frustraciones necesitan ser canalizadas, y dado que la mayoría no toma acción sobre ellas, prefiere utilizar la queja.

Buena parte de nuestras conversaciones tiene por objeto transmitir nuestras quejas a un interlocutor que no necesariamente está interesado en escuchar, sino que está esperando su turno para transmitir, a su vez, sus propias quejas. El objetivo de esto es, como se verá mas adelante, mantener una determinada imagen personal. Eso no es una conversación sino turnos de lanzamiento de mensajes, ya que ninguno de los dos escucha sino que solo espera el momento de hablar sin tener ningún interés en lo que nos está comunicando la otra persona. Triste, muy triste, pero muchas de las conversaciones que mantenemos en la sociedad actual tienen esta base.

Despojado del habito del parloteo inútil, el aprendiz no sólo descubre el sentido de la verdadera comunicación, sino que también aprende a escuchar la riqueza del silencio, el que lo lleva a una comprensión más profunda de la vida y le ayuda a dejar el hábito de hablar siempre de sí mismo. El silencio le enseña también a no quejarse y a no esperar nada, lo que construye la base de la quietud y armonía interior logrando un crecimiento personal importantísimo. El silencio controla la ira, la excesiva emotividad, realza el dominio del lenguaje, ayuda a evitar efusividades emocionales del vocabulario que a veces son solo impulsos nada comedidos y que tanto nos pueden perjudicar y que gracias al silencio podremos encontrar las palabras adecuadas para comunicar la idea sin herir a nadie, aquieta la mente y predispone al espíritu para el trabajo de desarrollo.

Hablar no nos convierte en personas interesantes, ni mejora nuestra imagen hacia los demás a pesar de que la creencia popular es que es así. Hablar sin transmitir y sin escuchar no sirve para nada, y como ejemplo todos recordamos como en alguna ocasión hemos sufrido a esos dos tipos de vendedores, el primero uno que hablaba incesantemente y que no decía nada absolutamente, pero que ni acababa nunca su argumentación ni nos transmitía información de valor, es decir, era sólo un charlatán; el segundo, un ejemplo contrapuesto que todos hemos vivido también en alguna ocasión, es esa persona que cuando hablamos escucha cuanto decimos, que mantiene un silencio activo y solo complementa nuestros argumentos sin apenas interrumpirnos. Y esa persona es la que luego decimos que es un magnífico conversador, no por lo que dice, sino por como escucha y maneja sus silencios.

Y ahora te pregunto: ¿Eres capaz de buscar el silencio en tu interior, estás dispuesto a emprender el viaje y encontrarte de ti mismo?

Etiquetas: , ,